
Ángel Mateo Charris desarrolla una pintura figurativa de línea clara, colores precisos y una atmósfera que oscila entre lo cotidiano y lo enigmático. Su obra se enmarca en la corriente neometafísica, donde combina referencias al cómic, el cine, la literatura y la historia del arte para construir escenas que funcionan como relatos abiertos. A través de composiciones limpias y un uso muy consciente de la luz, crea imágenes que parecen familiares pero cargadas de extrañeza, jugando con la frontera entre realidad y ficción. Su pintura incorpora también la influencia de artistas como Hopper o Magritte, lo que refuerza ese carácter narrativo y ligeramente paradójico que define su lenguaje visual.
El viaje —físico, cultural y mental— es uno de los ejes centrales de su producción. Charris ha recorrido el Pacífico, el Sudeste Asiático, América y Europa, y esos desplazamientos se traducen en paisajes, arquitecturas y símbolos que se entrelazan como un collage de referencias. Sus obras combinan puntos de vista imposibles, escenas portuarias, ecos de la cultura popular y guiños a la historia del arte, siempre con una narratividad que puede ser sutil o explícita. El resultado es un universo propio, reconocible y coherente, donde cada cuadro invita a detenerse y descifrar conexiones, sugerencias y pequeñas historias que emergen de su particular manera de mirar el mundo.
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Gonzalo Sicre (Cádiz, 1967) es una de las voces más singulares de la pintura figurativa española contemporánea, reconocido por su aproximación neometafísica y por una estética que dialoga de forma directa con la obra de Edward Hopper. Su pintura se caracteriza por espacios interiores y exteriores deshabitados, donde la ausencia humana se convierte en un elemento narrativo esencial. Estos escenarios —rurales, urbanos o domésticos— están construidos con una luz precisa, fría y silenciosa, que genera atmósferas de suspensión y melancolía. Sicre trabaja la relación entre pintura y fotografía, depurando los detalles hasta lograr imágenes que parecen capturar un instante detenido, cargado de misterio y de una calma inquietante.
Su obra invita a contemplar, no a habitar, los lugares representados. Cada cuadro plantea preguntas sin respuesta, como si algo acabara de ocurrir o estuviera a punto de suceder fuera de plano. La luz —a menudo teatral, proveniente del alba, el ocaso o una fuente artificial aislada— se convierte en protagonista, modelando espacios que adquieren una identidad nueva y sugerente. En esta poética del silencio, Sicre construye un universo visual coherente y reconocible, donde la soledad, la espera y el tiempo suspendido se transforman en materia pictórica.
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